Profesor Dennis Longmire, traducida por Liliana Valenzuela

Dennis Longmire es profesor de sociología en Huntsville, Texas. Él ha velado afuera de la Unidad Walls como forma de protesta pacífica y silenciosa en contra de la pena de muerte desde 1984. Durante esas vigilias al momento de las ejecuciones, él reza el rosario en silencio y luego canta la canción de Bob Dylan, “I Shall Be Released” en voz queda. En octubre de 2008, ante la petición del Sr. Eric Nenno, el profesor Longmire entró a la prisión y presenció la ejecución del Sr. Nenno. Los entrevistadores del Texas After Violence Project hablaron con el profesor Longmire al día siguiente.

Yo iba de camino a la funeraria porque quería sentir el cadáver de Eric antes de irme a casa. Yo no lo sabía de antemano, pero necesitaba sentir cierta humanidad. Eso se debe a que desde que habíamos entrado a ese edificio todo me pareció irreal e inhumano. Mi colega Richard Moran me había contado que así se sintió él hace unos veinticuatro años cuando presenció una ejecución. Yo sentí la misma esterilidad y la misma falta de humanidad, todo era como una máquina. Es la única manera en que puedo explicar esa experiencia en este momento.

Quise sentir a Eric por otra razón y le voy a contar por qué, pero primero voy a explicarle mi rol informal durante las vigilias. Muchas personas que vienen por primera vez y están afuera de los muros de la prisión, no saben lo que está ocurriendo. Pero hay otras personas que creen que porque vengo con frecuencia, yo “sé todo” de lo que allí ocurre. De manera que cuando llega alguien nuevo, esa gente que me conoce generalmente envía a esa persona a que me pregunte a mí. En ese sentido uno de mis roles es ser una especie de guía turístico.

De modo que yo estaba observando a un grupo de gente; a la izquierda había un grupo de cuatro o cinco personas de raza negra, una familia. La persona que iban a ejecutar esa noche era un hombre de origen hispano, así que yo no estaba seguro de cuál era la razón por la que había gente negra allí y yo muy, muy rara vez me acerco a otras personas. La gente se me acerca o yo simplemente guardo silencio durante las vigilias. Vi a una chica negra caminar hacia alguien y preguntar algo y ellos me señalaron a mí, así que observé mientras ella se dirigía a mí. No supe qué esperar, ella vino hacia mí y me dijo que si me podía hacer algunas preguntas.

Ella dijo:
—Tengo entendido que Ud. sabe mucho acerca de lo que pasa aquí —,

y le dije: —Así es —.

Así que lo primero que me preguntó fue si las ejecuciones eran dolorosas, si la gente sentía dolor. Esto fue mucho antes de que se hiciera del dominio público la controversia acerca de la inyección letal, pero yo sabía que algunos estudios sugerían que, a veces, sobre todo en ejecuciones malogradas, la inyección letal era un procedimiento muy doloroso. Pero no se lo dije a ella. Le dije que hasta ese momento lo que sabíamos era que el procedimiento era relativamente indoloro; que era bastante similar a lo que experimenta una persona antes de someterse a cirugía, de modo que uno puede sentir un poco de ansiedad y luego un leve pinchazo cuando se le inserta el catéter, pero, si todo marcha bien, no debe sentir dolor. Se lo aseguré, aunque en realidad yo no estaba completamente seguro de ello.

Y luego ella dijo:
—¿Cuánto tarda para que llegue el cadáver de la cárcel a la morgue? —.

Y le dije, no lo sé. Nunca había pensado en eso. Nunca nadie me lo había preguntado. Así que le dije, con toda sinceridad, realmente no lo sé. Dije, sé que los de la cárcel prefieren sacar el cadáver de allí lo antes posible, de modo que no creo que se demoren mucho tiempo.

Y dije, ¿Por qué? ¿Por qué te preocupa? Y era obvio que ella estaba inquieta, mucho más inquieta acerca de este tema que el primero que me había mencionado.

Y dijo:
—Tengo veintiún años. Nunca he sentido el calor del tacto de mi papá. Y a mi papá lo van a ejecutar mañana y estoy rezando y anhelando poder sentir su calor antes de que se muera —.

“Antes de que me muera” fue lo que dijo, “antes de que yo me muera”.

Y me detuve y me quedé pensando, ¿Veintiuno? ¿Cómo es posible eso?

Y ella dijo: —Yo estaba en el vientre de mi mamá cuando papá cayó preso. Él ha estado en la prisión o en la cárcel toda mi vida.

Y en la cárcel, en Texas, si uno se encuentra en el pabellón de los condenados a muerte, no tiene contacto físico alguno con ningún otro ser humano aparte de los guardias, quienes, algunos de manera compasiva, te transportan a la ducha o la sala de visitas, otros, de manera no tan compasiva. Pero todos los prisioneros que, ya sea, van a ducharse o al lugar de recreo o a ver a un testigo o a subirse a una camioneta para que los lleven a un tribunal a tener una audiencia, todos ellos tienen que someterse a un registro de todas las cavidades del cuerpo antes de salir y antes de regresar a su celda. Así que el contacto físico que reciben los hombres que están en el pabellón de condenados no es muy humano. No es muy agradable.

De modo que tuve que enfrentarme a esa pregunta:

¿Acaso esta jovencita iba a poder sentir el calor de su padre antes de que ella muriera? Le aseguré que el sistema penitenciario se los lleva tan pronto como es posible y que él todavía estaría tibio, pero yo quería asegurarme por cuenta propia de que ese era el caso.

He consultado con otras personas en cuanto a esto y ellas me aseguran que no le mentí, que no la malinformé, pero yo necesitaba asegurarme por cuenta propia. Por eso fui a la funeraria anoche. No me di cuenta de que yo también necesitaba de ese calor, esa sensación, ese tacto debido a lo que había pasado durante la ejecución. La hora en que estuve en la sala de espera antes de que nos transfirieran, antes de que nos acompañaran a la sala de ejecuciones, fue un periodo de tiempo en que quedó suspendida nuestra humanidad. Yo no estaba consciente de eso; así sucedió y no me di cuenta hasta que sentí a Eric, interesantemente, si interesante es la palabra adecuada, cuando me presenté en la funeraria.

El párroco que había estado con nosotros en la sala durante la ejecución y que se había sentado junto a nosotros mientras esperábamos a ser testigos de la ejecución, estaba allí esperándome en su auto. Yo llegué en el mío y debieron pasar unos cinco, quizá unos diez minutos después de la ejecución para que yo llegara a la funeraria en mi auto; me detuve un momento y hable con ustedes [los entrevistadores] en una esquina, por unos breves instantes. Inmediatamente después me dirigí a la funeraria.

Él y yo nos presentamos juntos en la funeraria. Todo estaba cerrado y oscuro y había un señor ya mayor allí. Cuando lo vi, lo primero en que pensé fue en Boris Karloff. Él estaba sentado allí en completa oscuridad en la oficina principal de la funeraria; en absoluta oscuridad, pero yo podía distinguir algo de movimiento en ese cuarto.

Así que allí estoy de pie con el párroco, quien ha hecho esto muchas veces antes, y me dice:
— No entiendo. Por lo general hay luz en ese edificio. Por lo general tienen ya todo listo en ese edificio. Quizá no han llegado todavía —.

Y pensé, Dios mío, esto sí que demora mucho. Había una camioneta estacionada en una pequeña entrada de autos, entre dos edificios que formaban parte de la funeraria, y la puerta de la camioneta estaba abierta, así que yo sabía que había algo allí, sabía que había alguien allí, pero no estaba seguro.

De modo que hablamos con "Boris Karloff", y "Boris" nos dice:
—No hay nadie aquí —.

Así que el párroco le dice:
—Pero vinimos a ver el cadáver que fue ejecutado —.

Y el tipo, el señor mayor dice:
—No sé nada de eso. No sé si ya llegaron. Quizá todavía no estén aquí —.

Entonces el párroco le dice
—Bueno, por lo general ya están aquí cuando yo llego —.

De modo que el señor mayor se puso de pie y se quedó mirándonos, así que de inmediato me di la vuelta y caminé por la angosta entrada hacia la camioneta y le dije al párroco:
—Vamos a ver quién iba conduciendo la camioneta. Seguramente sabe algo —.

Así que nos acercamos a la camioneta y no hay nadie en los alrededores, pero la puerta está abierta. Resulta obvio que es una carroza fúnebre que ha sido utilizada para transportar un cadáver, y escucho un estruendo y un ruido hacia la izquierda y veo una rampa y subo por ella, y al entrar a un pequeño cuarto, digo:
—Buenas, buenas, ¿Hay alguien allí?

Un joven sale de inmediato. Trae puestos unos guantes verdes de hule y un delantal y dice:
—¿En qué puedo servirles? —.

Y le digo:
—Sí, estamos aquí para ver el cadáver de un hombre que recién fue ejecutado —, y él me mira y me dice:

—Bueno, un minuto —.

Y volvió a entrar al cuarto y por otra puerta sale un hombre de un poquito más edad, de unos veintitantos años y dice:

—¿En qué puedo servirles? —Y en esa ocasión el párroco les dice: —Vinimos a ver el cadáver —.

Y él dice: —Pero nos dijeron que no iba a venir nadie —. Y el párroco le dice: —Nosotros llamamos y les dijimos que íbamos a venir —. Y él dijo: —Pues, nos dijeron que no iba a venir nadie” y se detuvo. Dije: —Me gustaría ver el cadáver. Me gustaría ver el cadáver de ser posible, si no es mucha molestia.

Y él miró al párroco y dijo:
—Ya está en el refrigerador —.

Y yo pensé para mis adentros, ya no lo voy a saber.

Y dije:
—Me gustaría ver el cadáver —.

Y el párroco dijo:
—¿Podrían traerlo a la capilla, como de costumbre? —.

Y el joven miró a su amigo o su compañero de trabajo y ambos estaban como contrariados en ese momento y dijo:
—Sí, dennos un momento —.

Esperamos en la camioneta y al cabo trajeron a Eric en un minuto. No…no tardó mucho. Probablemente menos de un minuto. Transportan a Eric; lo sacan en la camilla con ruedas. El cuerpo de Eric está completamente cubierto excepto por la cabeza y lo pasan frente a mí. Yo los seguí mientras lo llevaban a la pequeña capilla, y uno de los jóvenes estaba luchando con la cabeza de Eric porque ésta se había salido y casi se caía de la camilla. Y el muchacho trataba de sostenerle la cabeza y de apoyarla con una almohada, así que les dije:
—No se preocupen. No se preocupen por eso. Sólo quiero estar un momento a solas con él —.

Así que se fueron. Entonces tomé la almohada y se la coloqué debajo la cabeza, para que la tuviera levantada, y sentí a Eric y todavía estaba tibio, incluso después de haber estado en el refrigerador. De modo que…en ese momento en que toqué a Eric sentí mi propio sentido de la existencia, mi propio espíritu volver a reanimarse, a revivir, supongo que esa sería la palabra adecuada. Yo había estado como en un trance; estuve como un zombi desde aquel momento entre las cinco y seis de la tarde cuando nos llevaron dentro; me sentía como apagado y no volví a sentirme vivo hasta que sentí a Eric, al darme cuenta de que yo le había dicho la verdad a esa pobre jovencita, porque dudo que hubiera mucha demora real en su caso. Así que de nuevo tuve una sensación de vida.